Y Alberto, no estaba allí después de habernos prometido la llegada de la decencia, Alberto no estaba y tampoco ninguno de su partido. Y uno se pregunta: ¿De qué decencia hablaran? ¿De la que llega con discursos solemnes o de la que se demuestra cuándo toca mirar hacia dentro?
Hay palabras que en política tienen una vida curiosa. Una de ellas por ejemplo, es libertad y la otra podría ser decencia. Aparecen cada cierto tiempo, especialmente cuando algún partido político necesita presentarse como guardián de las buenas costumbres, aunque al abrir el armario de los recuerdos salgan demasiados fantasmas y esté lleno de mierda.
Hemos manoseado la libertad hasta límites insospechados y ahora parece que le toca a la decencia.
Porque vuelve Nevenka a Ponferrada y su historia vuelve a poner delante del espejo una cuestión incómoda para el PP. Todos recordamos qué ocurrió cuando Nevenka denunció desde una posición de enorme desigualdad un tremendo acoso laboral y sexual por parte de su alcalde y compañero de partido. Cuántos años han pasado sin que nadie del PP haya hecho una revisión profunda de aquel episodio. No hay más que ver sus actitudes actuales que no han cambiado casi nada. Hace 25 años miraron para otro lado y la culpable era la acosada y ahora por ejemplo con el alcalde de Móstoles, vuelven a hacer prácticamente lo mismo.
Para el PP ahora parece que es la ocasión de presumir de ejemplaridad, pero la hemeroteca parece querer decir otras cosas. Ahí siguen episodios como la Gurtel, la trama del Caso Kitchen, las investigaciones y condenas relacionadas con financiación irregular en diferentes etapas del partido, el caso de Cristóbal Montoro, o las polémicas alrededor de la pareja de Isabel Díaz Ayuso. La bandera de la ejemplaridad es fácil de ondear cuando se mira al adversario, pero más difícil cuando toca revisar la propia casa.
La política española tiene una curiosa tradición: algunos creen que la regeneración consiste en cambiar el cartel de la puerta, aunque dentro sigan acumulándose los mismos trastos viejos. La decencia no es un eslogan de campaña, ni es una palabra que se tenga que estrenar en cada legislatura. Es una conducta: consiste en reconocer errores, reparar daños y no pedir a la sociedad que olvide lo que todavía no ha sido explicado. La decencia se anuncia con mucha solemnidad, pero nadie debería confundirse: en la política española casi nadie tiene el monopolio en este terreno.
Ya sabemos que en el PSOE tampoco bajan las aguas precisamente cristalinas. También han tenido sus indecencias, sus contradicciones y sus episodios difíciles de explicar. No me puedo olvidar de los GAL, y ahí quedan las recientes sentencias a Abalos y Koldo Garcia, ahí está Leire "la fontanera", y por último la reciente imputación de Zapatero.
Quizá el problema no sea el color de la bandera que se ondea, sino la facilidad con la que algunos la levantan cuando están en la oposición y la esconden cuando les toca responder públicamente. Porque la decencia no pertenece a siglas. No es patrimonio de un partido, ni debería de ser un arma contra el rival.
La decencia es algo más incómodo: es mirarse al espejo cuando nadie te obliga y reconocer tus malas andanzas. Y algunos espejos llevan demasiados años acumulando polvo.
Y un comentario final. La sentencia de un tal Victor Aldama: ¿Decencia o Indecencia? Ahí lo dejo, juzguen ustedes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario