lunes, 11 de mayo de 2026

De catetos, mentirosos, evangelizadores, narcoestados y un poco de Hernán Cortés.

Pues sí, amigos: Hernán Cortés ha vuelto a desembarcar  en "Méjico". Pero esta vez no lo ha hecho con un ejército armado con acero castellano. Lo ha hecho con tres asesores de marketing y un par de community managers, algún reportero de TV Autonómica  y un par de creadores digitales especialistas de TikTok. 

En ciertos sectores de la derecha patria se le invoca a Hernán cómo si hubiese sido una mezcla entre santo y emprendedor.  Se habla de “la gesta”, "el mestizaje" "la conversión al dios verdadero", “la civilización” y “la grandeza de España”. Mientras tanto se pasa de puntillas sobre el pequeño detalle de las matanzas, la destrucción de culturas enteras y el saqueo monumental que acompañó a la conquista.

La leyenda épica suele olvidar que detrás del relato glorioso, hubo sangre indígena a toneladas, epidemias, sometimiento y una maquinaria colonial que arrasó pueblos completos en nombre de Dios, la Corona y el oro. Pero el revisionismo patriótico moderno funciona así: convierte las tragedias históricas en camisetas con banderas. Mucho ruido, mucha épica y, detrás, una estrategia política basada en repetir frases sin sentido, hasta que parezcan ideas y verdades.

Cortés llegó con arcabuces y caballos. Ayuso llega con cámaras, tertulianos y titulares. Uno hablaba del Imperio. La otra habla de “libertad”, "narcoestados" y "dictaduras de ultraizquierda".

Y alrededor de ambos siempre aparece el mismo coro de catetos, mentirosos y caraduras dispuesto a aplaudir todas las tonterías que se dicen. Hay algo profundamente español en convertir cada desastre en una campaña de marketing. Y en eso Isabel Díaz Ayuso ha alcanzado una categoría casi imperial: una mezcla de conquistadora castiza, influencer institucional y jefa accidental de un reino donde los problemas desaparecen si se pronuncia suficientemente fuerte la palabra “libertad”.

Porque mientras media España discutía sobre banderas y cañas en tiempos de pandemia , detrás del decorado seguían flotando fantasmas bastante menos festivos. Los 7.291 fallecidos en las residencias madrileñas durante la pandemia siguen ahí. Un número tan brutal que ya ni siquiera parece una cifra: parece un muro muy complicado de saltar. Pero en la corte ayusista la estrategia fue sencilla: cambiar de tema, señalar enemigos y envolverlo todo en patriotismo madrileño de terraza. 

Luego están los líos y las presuntas irregularidades de su pareja (que todavía están pendientes de juzgar).  Los chanchullos de las listas de espera en Ribera Salud, la defensa sin fisuras del alcalde de Móstoles y de Julio Iglesias, la Universidad, el "me gusta la fruta", el desprecio al euskera, etc, etc.

Lo fascinante es que el personaje nunca pierde la sonrisa de quien cree estar protagonizando una epopeya. Ahí sigue Ayuso, cabalgando entre titulares, como si Hernán Cortés hubiese cambiado la armadura por una cazadora de cuero y un plató de televisión. Porque el ayusismo no es exactamente una ideología. Es un lugar donde los catetos llaman élites a los médicos que protestan, los mentirosos hablan de transparencia y los caraduras se disfrazan de patriotas mientras hacen negocios a costa de los trabajadores.Y quizá ese sea el verdadero milagro político de nuestro tiempo: conseguir que una parte del público contemple todo esto —las residencias, las privatizaciones, los escándalos, los contratos, los favores— y aun así piense: “Qué mujer más auténtica.” 

A mi, solo se me ocurre decir: Malinche, Malinche...